(Frente la puerta de un restaurante japonés, un hombre maduro y trajeado miraba con obsesiva insistencia la pantalla del móvil mientras exprimía las últimas caladas a un pitillo.)- ¿Tienes fuego? –le preguntó de sopetón una rubia treintañera que salió inesperadamente del local envainada en un vestido estampado sosteniendo un cigarrillo apagado en la mano.
- Sí, aquí tienes –respondió él con el encendedor a punto de prender.
- Gracias, no sabes cuánto necesitaba este veneno –dijo mientras acercaba su Marlboro Light a unos labios con el carmín cuarteado.
- Bueno, hay dependencias mucho más dolorosas –le recordó tras guardarse el móvil en el bolsillo interior de su chaqueta.
- Dímelo a mí –intervino con presteza- que llevo tres años casada con un zoquete que me invita cada jueves a cenar en los mejores sitios de Barcelona y aún tiene que llegar el día que me eche alguna flor. Eso no es dependencia, eso es masoquismo.
- Caray –exclamó sorprendido mirándole por primera vez a los ojos-, veo que no reprimes tus opiniones.
- Hay cosas que sólo se pueden contar a un desconocido.
- Ya.
- Estoy harta de escucharle las miserias de siempre en relación a su trabajo –añadió quejumbrosa-. Hacía un buen rato que te estaba observando por la ventana, … Tan inquieto, tan atractivo, … Me preguntaba si al menos tú serías capaz de adivinar que no llevo sujetador.
- ¿Lo dices en serio? – preguntó con la mirada enredada entre los pliegues de su descomunal escote.
- ¿El qué digo en serio? –indagó-, ¿qué no llevo sujetador o que me haya podido plantear semejante cuestión?
- Las dos cosas –contestó.
- Tampoco llevo bragas – dijo ella sin inmutarse.
- Menuda declaración de intenciones.
- Así es –respondió antes de vaciar el humo que llenaba sus pulmones-, y este capullo sin enterarse. Cuando una mujer sale a la calle sin ropa interior lo mínimo que exige es recibir un poco de atención, sea del hombre que la lleva del brazo, sea de un auténtico extraño.